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Los científicos también mueren

La vida de los científicos tiene mucho de dramático: hay sacrificios, éxitos, fracasos, a veces un origen humilde. Y otras veces una muerte también dramática.

Pierre Curie es el fundador de una familia que recibió tres premios Nóbel, un caso único en la historia. En 1903 él y su esposa María Sklodowska (Madame Curie) obtuvieron el premio de Física (compartido con Henri Becquerel) por sus trabajos sobre la radioactividad. En 1911 María recibió el premio de Química por el descubrimiento del polonio y el radio. Y en 1935 Irene Curie (hija de Pierre y María) recibió el premio de Física junto con su esposo Federico Joliot por el descubrimiento de la radiactividad artificial.

Pero Pierre apenas pudo disfrutar de todo esto. En 1906, durante un paseo por las calles de París junto con unos amigos, fue atropellado por un carro de caballos y murió. María murió de leucemia en 1934 como consecuencia de la radiación recibida en sus investigaciones.

Más dramático es el caso del matemático Evariste Galois. Nació en 1811, cerca de París, y publicó su primer trabajo a los dieciséis años.

Siguió escribiendo en los cuatro años siguientes a pesar de sus problemas personales: fue rechazado en su primer intento de ingresar en la Politécnica de París; trató de fundar su propia academia, pero no consiguió alumnos; fue detenido en dos ocasiones por participar en disturbios políticos.

La noche del 29 de mayo de 1832 puso punto final a su Teoría de Grupos, pieza fundamental en los cursos actuales de álgebra. Pero no llegó a verlo publicado ya que al día siguiente se batió a duelo por defender a una mujer. Fue herido y murió el 31 en un hospital. No había cumplido los veintiún años.

Pero, tal vez, el caso más dramático sea el del químico francés Antoine Lavoisier. Con su obsesión por las mediciones, le dio a la química el carácter de ciencia exacta. A él le debemos la frase "nada se pierde, todo se transforma".

La química no era (ni lo es ahora) una ciencia barata: Lavoisier necesitaba instrumentos caros, complejos y sustancias difíciles de conseguir. Pero eso no le preocupaba: su suegro le había conseguido un cargo en la Renta General, una sociedad privada encargada de cobrar los impuestos.

La Renta General no les caía nada simpático a los franceses. Cuando llegó la revolución, el pueblo quiso desquitarse. Sus principales directivos fueron apresados, juzgados y condenados.

Lavoisier era uno de ellos y murió en la guillotina el 8 de mayo de 1794. Su prestigio científico no lo ayudó. "La república no necesita sabios", dijeron los miembros del tribunal.

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